Hoy hacía Eduardo Infante en lo antes conocido como Twiter, el comentario de una frase de Hannah Arendt:
«El pensar es el sacramento del hombre libre»
Pensar piensa toda persona, aunque sean estupideces, lo que es obligación del ser humano libre, o que al menos pretende serlo, es aprender a pensar correctamente. Esta ha sido mi respuesta añadiendo que el uso de la palabra sacramento le daba un punto de partida interesante para el debate. Así que debatamos un poco sobre el tema.
El pensamiento es característica común del ser humano, es parte esencial de la acción física o mental de transformación de la persona y su entorno. Conocemos pensando, nos relacionamos pensando y actuamos normalmente pensando. Una de las recriminaciones más comunes que se suelen hacer a los niños, o no tan niños, es la típica de: -¡Piensa antes de actuar!-
Siendo también común que en el trabajo o el ejército, cuando queremos obediencia y mecanismos de respuesta inmediata, les objetemos a los empleados o soldados: -¡No cobras por pensar!-
No hay duda, por tanto, de la capacidad liberadora e individualizadora del pensamiento.
La libertad de pensamiento es diferente a la libertad de acción o las capacidades de acción disponibles, de esta forma hemos descubierto como esclavos como Epicteto eran libres de pensamiento, o como prisioneros cómo Mandela podrían seguir siendo libres en su pensamiento hasta llegar a entender la reconciliación con sus propios carceleros. La libertad de pensamiento es, por tanto, la mayor libertad humana.
Pero pensar no es solo una actividad como respirar o beber agua. Pensar requiere un punto inicial de responsabilidad, pues cada persona ha de partir de un principio que determina la corrección del pensamiento. Ha de determinar cuál es ese origen inicial en el que desenredar su hilo de Ariadna. Esta responsabilidad inicial es la que realmente diferenciará al hombre libre del alienado, pues el hombre libre determina tomar la responsabilidad de la elección independientemente de las consecuencias de esta decisión, mientras que el alienado simplemente seguirá lo dispuesto por otro como lo correcto.
El ser libre, al menos en el pensamiento, no significa ni el acierto, ni el éxito, sino la aceptación de ese punto de partida personal y de la duda a partir de la cual se determina la incertidumbre y el vértigo de la decisión libre. También significa que el daño y dolor que cause el camino que el hilo cause siempre será responsabilidad nuestra, sin capacidad de achacar a posibles eximentes y ajenas acciones lo realizado; más permitirá siempre aceptar lo bello, lo generado, lo creado como contenido real de nuestra propia existencia.
Si entendemos el sacramento como compromiso con algo que consideramos superior a nuestra propia existencia, sí que podríamos hablar de ese sacramento de pensar, como el sacramento real del vivir filosóficamente. Aunque siempre desde la puntilla del espacio propio y correcto que conduce al compromiso, a la responsabilidad sobre lo pensado.
De esta forma, en gran medida la libertad nos une mediante la responsabilidad a su propio ejercicio, el ser libre es a su vez el ser más comprometido con lo realizado desde la propia libertad.
El pensamiento desarrolla la capacidad de poder transformar nuestras acciones y sobre todo nuestras creencias, base de toda acción humana, pero a su vez, nos ata mediante nuestra primera afirmación de lo correcto al ejercicio de nuestra propia libertad. Libertad es, por tanto, ser dueño de tus propias creencias, es ser responsable hasta las últimas consecuencias de la misma, es la responsabilidad de Sócrates, es la responsabilidad de Séneca, la de Copérnico y la de Spinoza o Bergson.
Así, la libertad, más que en las acciones realizadas, reside en la aceptación de la responsabilidad de las consecuencias de las mismas, fruto del acto libre de la decisión de hacerlas. La libertad en el fondo no está en tener una religión u otra, sino en las consecuencias de adoptarla y en el acto libre de Bergson de continuar en su religión judía al inicio de la segunda guerra mundial en lugar de su conversión al catolicismo, como pretendía, por las consecuencias del acto libre que representaría ese cambio en los perseguidos en Francia por los nazis. La libertad es asumir las consecuencias de permanecer junto a su padre como lo hizo Viktor Frankl y ver cómo su familia desaparecía en lugar de huir a América cuando tuvo la posibilidad pero dejando a sus padres en Austria.
La libertad está unida de forma indisoluble a la responsabilidad y una sociedad o comunidad que no fomente la segunda jamás podrá ser realmente una sociedad libre, una comunidad libre y posibilitar personas realmente libres; sino que únicamente generará personas alienadas por una responsabilidad delegada siempre en algún otro y, por tanto, con una libertad delegada y sustituida, a lo sumo, por una libertad aparente de acción permanentemente mediatizada.
